Jandro sienta la cabeza

Publicado: 08/31/2011 en Jugadores
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Existe un tópico, bastante arraigado en la mente de los espectadores, que afirma que en la Segunda División no hay jugadores de calidad. Que se trata de una Liga donde todo es el cuchillo en la boca, la patada a seguir, el jugador tosco pero disciplinado, la grisura. Pero futbolistas como Alejandro Castro ‘Jandro‘ (Mieres, Asturias, 27 de mayo de 1979) se empeñan  en romperlo domingo a domingo. Después de una carrera azarosa, en la que pasó de promesa a proscrito, el mediapunta disfruta y hace disfrutar en Girona de una madurez futbolística capaz de satisfacer al aficionado más exigente.

Jandro fue un talento precoz. A los 18 años, siendo juvenil, ya había debutado con el filial del Valencia y se entrenaba con el primer equipo, en una época en la que no había tanta prisa por promocionar jóvenes talentos como ahora. Era la gran esperanza de la cantera ché, internacional en categorías inferiores, una futura estrella. Incluso videojuegos como PCFútbol le otorgaban, en Segunda B, más puntuación media que a muchos jugadores de Primera. Sin embargo, nunca llegó a triunfar en Mestalla. “Me tocó la época buena del Valencia, cuando había mucho dinero, y en mi posición siempre jugaban los fichajes caros”, explica sin acritud, con la perspectiva que le han dado los años. Jugadores como Claudio López, Vlaovic, Gerard, Ilie, Mista o Aimar -todos ellos de calidad y rendimiento indiscutibles- le cerraron el paso, mientras su progresión se estancaba y pese a inflarse a goles en un filial que se le quedaba pequeño.

En 2002, ya con 23 años, probó suerte en el Celta, aunque su adaptación al equipo no fue precisamente buena. “Fue entonces cuando dejé de leer los periódicos. Las críticas eran feroces, y lo entiendo. Por la manera que tengo de jugar, no hay término medio: o te gusto o me odias”. Y la segunda opción era mayoritaria; Tanto, que tuvo que dar otro paso atrás para aceptar una cesión y ayudar al Albacete a subir a Primera, con siete goles en 21 partidos. Fue su auténtica carta de presentación al fútbol profesional, el paso de promesa a realidad. Pero, pese a la insistencia del club manchego por su fichaje, regresó a Vigo, donde protagonizó un curso discreto la campaña en que el equipo vivió lo mejor y lo peor: llegar a octavos de final de la Champions (después de eliminar al Brujas y al Ajax en la fase de grupos, con victoria ante el Milan en San Siro incluída , cayó frente al Arsenal) y bajar a Segunda.

Fue con los celestes, en la División de Plata, donde su fútbol brilló con más fuerza, llevando de nuevo al equipo a Primera. 12 goles y otro buen puñado de asistencias le pusieron de nuevo en el escaparate. El Atlético de Madrid le quiso fichar en el mercado de invierno, pero los clubs no se pusieron de acuerdo y el tren de la élite, el de la oportunidad de poder llegar a lo más alto, pasó definitivamente. “Aquello simplemente no salió. Luego, seis meses después, cuando acabé contrato, ya no había el mismo interés. Y apareció el Alavés, con una oferta simplemente irrechazable”, relata. Pese a jugar en Primera de nuevo, con una plantilla llena de nombres ilustres como Bonano, De Lucas, Astudillo, Nené, Aloisi o Rubén Navarro, el equipo, tocado por los escándalos de su propietario, Dmitry Piterman, no pudo evitar el descenso. Jandro ya no volvería a jugar en la máxima categoría, su destino natural: “Es donde más luce mi fútbol, donde juego más a gusto, porque es donde encuentras espacios para pensar“.

En la temporada 2007-08 empezó lo que  parecía ser el declive imparable de su carrera. Fichó por el Nàstic, con la misión de intentar conseguir un nuevo ascenso, pero el equipo no respondió. El fantasma del descenso sobrevoló el Nou Estadi y el asturiano no conectó con una afición que le colgó la etiqueta de indolente. “Por mi forma de jugar y de moverme en el campo, puedo dar una cierta impresión de ‘pasota’, de poco involucrado. Pero todo lo contrario. Perdíamos y me afectaba mucho. No quería ver a nadie“, recuerda. En sus últimos meses en Tarragona, pese a firmar números correctos (seis goles en cada uno de los dos años de grana), los seguidores le señalaron como uno de los culpables de la situación del equipo. La leyenda de un Jandro habitual de las discotecas empezó a circular como la pólvora, y afectó a su imagen más de lo que él mismo hubiera podido imaginar. “No digo que no saliera, pero solo cuando se podía, nunca antes de los partidos. Y estoy casado y tengo una hija, así que no hacía grandes locuras”.

Todo ello, sin embargo, le pasó factura más tarde. Tras firmar por el Elche y empezar la Liga 2009-10 con un buen rendimiento personal -dos goles-, un enfrentamiento en con su nuevo entrenador, Pepe Bordalás, le estuvo a punto de costar la carrera. Le apartaron del equipo en diciembre y le acusaron de tener “un comportamiento poco profesional”. Finalmente, tras tres meses de un agrio pulso con el consejero delegado de la entidad, rescindió su contrato y se quedó sin equipo. Con 31 años, parecía condenado a la Segunda B. O a la retirada. “Casi lo consiguen. No me quería nadie, después de aquello“.

Pero entonces apareció el Girona. De la mano de Raúl Agné, el asturiano se reencontró con su mejor versión. Su fútbol de guante blanco,  sus pases al espacio y su jugada característica -partir desde la izquierda hacia el centro, perfilar el disparo y colocar el balón de rosca con el interior del pie al palo largo- dieron vida a un equipo que soñó durante muchas jornadas con disputar el playoff de ascenso. “Siempre que un entrenador me ha entendido, he funcionado. Y Agné lo hace: en defensa no me pide que corra como Moha o Tébar, pero en ataque me exige mucho. Y cuando no cumplo, se enfada igual. Es bueno que me exija, porque los jugadores como yo lo necesitamos. Agné llegará muy lejos”, vaticina.

Este verano renovó por dos temporadas con el Girona. Si mantiene el nivel del año pasado, volverá a ser un fijo en los resúmenes semanales, uno de esos jugadores que dan brillo a la categoría. Jugar en Primera ya no es ninguna obsesión. “He tenido compañeros, como Moisés [García León, ahora segundo entrenador del Huesca], que me preguntaban casi en cada entrenamiento qué narices pintaba yo en Segunda. Pero no me quejo. En general, la vida me ha ido bien. Y cuando pienso en la cantidad de compañeros que se han quedado por el camino… Si me quejara, sería para matarme”, reflexiona. Jandro, con 32 años, habla con la misma pausa y madurez con la que se expresa en la hierba de Montilivi. Y allí están encantados de haber  apostado por su magia.

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comentarios
  1. [...] Jandro, mientras tanto, asiste impasible al espectáculo de los momentos previos. Es veterano y su sangre es de hielo. Se atusa los rizos mientras imagina el pase filtrado que servirá a sus colegas cuando más lo necesiten. [...]

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