El fútbol cada vez va más rápido. Los grandes equipos miman como nunca a sus canteras, pero los plazos en las carreras de los jugadores se acortan al máximo, a la vez que su su margen de error es mínimo. Cualquier eventualidad, una desgracia o un cambio de entrenador pueden hacer que un chico destinado a triunfar acabe desechado, relegado al olvido. Los trenes hacia la gloria ya no transitan por un camino largo y tortuoso, como hace un par de décadas. Ahora son auténticos AVE a los que hay que agarrarse con fuerza para no caerse. Y, si eso pasa, hay que tener mucho coraje para aceptar con madurez que tu destino quizás no será tan brillante como el que algún día te habían pintado. Eso lo sabe muy bien Roberto Batres (Villaviciosa de Odón, Madrid, 08-01-1986). Después de unos años duros, en los que estuvo incluso meditando la idea de abandonar el fútbol, saborea con agradecimiento todos los minutos que le brida el Alcoyano. Ha pasado de ser la gran promesa de la cantera del Atlético de Madrid a pelear por un puesto en un equipo acabado de subir a Segunda. Y lo hace con una sonrisa en los labios.
Hace sólo cuatro años, las cosas no podían ir mejor para Batres. Jugaba en el club de su vida, en el que había ingresado siendo alevín, y había llegado al segundo equipo. Por su físico imponente (1’88), su zancada y su facilidad goleadora, los habituales del Cerro del Espino le habían bautizado como “El Nuevo Fernando Torres” y él iba camino de confirmar esa profecía: en un inicio de temporada espectacular, se erigió como el mejor goleador de todas las categorías rojiblancas, con nueve goles en 15 partidos. Incluso Javier Aguirre, entonces técnico colchonero, lo convocó para un partido del primer equipo en Moscú, correspondiente a la Copa de la UEFA. Batres no llegó a debutar, pero sentía que su sueño cada vez estaba más cerca. Hasta que llegó el fatídico 10 de diciembre. “Me lesioné en un partido en las Canarias, cuando estaba en el mejor momento de mi carrera. Me rompí el cruzado, y ya nada volvió a ser lo mismo. De estar prácticamente ahí… a tener que empezar de cero. Fue duro”, recuerda. La batalla por volver a los terrenos de juego fue muy costosa y larga, muy larga. Tuvo que pasar dos veces por el quirófano, pero tras un año y medio en blanco, pudo volver a vestirse de corto. Era el verano de 2009. Ya contaba con 23 años, y pese a la proyección que prometía antes de la lesión, en el Atlético B le comunicaron que su ciclo en el filial ya se había acabado. Tenía que buscarse la vida cedido fuera.



