“El portero miraba cómo la pelota rodaba por encima de la línea…”. Esta es la frase introductoria de la perturbadora novelita de Peter Handke titulada El miedo del portero al penalti. Y con esta misma frase podría comenzar la historia del portero del Real Murcia. Alberto Cifuentes (Albacete, 29-05-1979) es el protagonista de una de las situaciones más desgraciadas de los últimos años de la Segunda División. Una historia de infortunio y redención que se empezó a escribir sobre la hierba del estadio de Montilivi.
Corrían los últimos minutos del Girona-Murcia de la jornada 42 de la temporada 2009-2010. Ambos equipos, junto con otro buen puñado de clubs, se estaban jugando el descenso a Segunda B. El Murcia necesitaba ganar para mantenerse. Al Girona, en cambio, le bastaba con un empate para seguir otro curso más en el fútbol profesional. Los murcianos dominaban gracias a un gol de Capdevila en la primera mitad, pero en el minuto 92 el árbitro, Texeira Vitienes, señaló un penalti a favor de los locales. La secuencia encierra tintes trágicos, surrealistas o cómicos, depende de la perspectiva con la que se mire.
Alberto recuerda perfectamente el momento. “Había estudiado al rival y sabía que Kiko Ratón los lanzaba a su derecha. Me tiré hacia allí. No quería blocar el balón, mi idea simplemente era rechazarlo. Y lo hice. Pero me tocó la pierna, luego la espalda… y ya no tuve tiempo a reaccionar”, repasa, con calma. “La clave es que no sabía dónde estaba el balón, porque me lo esperaba hacia el lado. Por eso, cuando me giré, ya era tarde. Me faltó medio segundo”, concluye.
El partido todavía duró dos minutos más, pero el Murcia ya estaba sentenciado. Por eso, cuando el árbitro pitó el final, el portero y el resto de sus compañeros cayeron tendidos en el césped de Montilivi. “La jugada fue un palo, pero lo peor, obviamente, era el descenso. Era la primera vez que me pasaba. Estaba desconsolado”, confiesa. El golpe fue duro, especialmente en una entidad que pasaba por dificultades económicas graves que habían llegado a poner su viabilidad en entredicho. Pero Alberto sólo necesitó un día para reponerse. “Pasé el domingo con mi mujer y mi hija, dándole vueltas a la cabeza. Y el lunes me presenté en las oficinas del club y le dije al gerente: ‘¡Para adelante! Me quiero quedar. Quiero ayudar al equipo a subir de nuevo’”. Y lo hizo, rebajándose el sueldo. Tras un par de semanas de incertidumbre, en la que el club se tuvo que reestructurar profundamente, se empezó a definir la plantilla con la que el Murcia debía intentar el asalto de nuevo a la Segunda División. Era una apuesta al doble o nada: subir o desaparecer.
De la mano de Iñaki Alonso, Los pimentoneros siempre ocuparon los puestos de cabeza del grupo IV, aunque el paso por la Segunda B tuvo su peaje. “Es un auténtico pozo sin fondo, una categoría en la que no teníamos margen de error. La presión de los aficionados era altísima”, recuerda el portero, que acumuló 41 partidos en todo ese curso. “Además, pese a estar arriba, nos salió un competidor terrible. El Sevilla Atlético nos obligó a conseguir el récord de puntos en Segunda B (82) para quedar primeros”, repasa. Luego llegó el playoff contra el Lugo y los fantasmas de Montilivi, un año después, volvieron a aparecer. La derrota por la mínima catapultaba al Murcia de nuevo a Segunda, pero en el tiempo añadido hubo un momento de suspense. Alberto atajó un remate a bocajarro con el pecho. La pelota cogió efecto, rodó entre sus manos y mientras la intentaba sujetar, un delantero local, Ballesteros, la pateó para enviarla a la red. “Muchos compañeros se echaron las manos a la cabeza. La gente no había olvidado lo del año anterior, y era una situación demasiado parecida”, reconoce. Sin embargo, el árbitro anuló el gol. Los murcianos tocaban el cielo de plata de nuevo. El mal trago del año anterior, el penalti maldito, quedaba exorcizado.
Tras el ascenso, la eliminatoria ante el Sabadell por el título de campeón de Segunda B se decidió, irónicamente, en los penaltis. Sin ningún tipo de presión, Alberto incluso se permitió el lujo de chutar -y transformar- un penalty en una tanda que se acabaría decantando a favor de los murcianos. “Una simple anécdota. Lo único que queríamos era que todo terminara para poder celebrarlo con una buena fiesta”, explica.
Foto: Adrián Arroyo
Ahora, con el Murcia en Segunda de nuevo -y pese al mal inicio de campeonato-, Alberto Cifuentes saborea con más intensidad que nunca la categoría. Apostó por seguir en La Nueva Condomina cuando corrían tiempos muy difíciles, y la jugada no le ha podido salir mejor: el club le ha renovado hasta 2014. “Mirándolo fríamente, decidir quedarme sin ni siquiera pensarlo fue una locura. Pero estoy encantado de haberlo hecho. Ya me siento medio murciano”, declara. Aquel 19 de junio de 2010 en Girona, aquel penalti, ya es únicamente una anécdota más de su carrera.


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