Verlo era un espectáculo. Jugar contra él, una tortura. Los chavales que visitábamos el anexo de césped artificial del Miniestadi acabábamos hartos de aquel media punta canijo que, en la misma jugada, era capaz de romper a tres contrarios con un recorte, hacer un túnel y encontrar el pase preciso que rompiera la defensa. “Ojito con Mario. Es el bueno. Si la coge y piensa, estamos muertos”, decían los entrenadores en las charlas previas. Y es que Mario Alberto Rosas (Málaga, 22-05-1980) estaba considerado el mejor jugador de un grupo de chicos que estaban llamados a acabar en Primera. El ejemplo más claro es su gran amigo Xavi Hernández, que, como el buen vino, no ha dejado de mejorar para acabar convirtiéndose en el cerebro del mejor equipo del planeta. Pero había muchos más: Gerard López, Antonio Hidalgo, Jofre Mateu, Gabri… entre todos ellos, el andaluz sobresalía, brillaba con luz propia. Sin embargo, mientras todos despegaban, la estrella de Mario se trasladó al firmamento menor de la Segunda División. En su currículum, de hecho, solo constan siete partidos en la máxima categoría. Y ahora, tras un periplo de seis meses en Azerbaiyán, ha vuelto para ayudar al Huesca en su camino a la salvación. ¿Qué sucedió para que no cumpliera las altas expectativas? Sencillamente, que no encontró su sitio. Demasiado creativo para algunos, demasiado poco sacrificado para otros, Mario no terminó de encajar en la rigidez de los esquemas tácticos. Diluído entre la apatía y la incomprensión, acabó regalando su talento a una Liga donde el mono de trabajo luce más que el esmoquin.
“Es una alegría que te recuerden como el mejor de todos aquellos jugadores. Bueno, y también una cierta decepción, no hay que esconderlo”; explica. “Jofre era una auténtica pasada, rapidísimo, listo. Y Xavi, sencillamente, ya era perfecto por aquel entonces. Lo que pasa es que como yo jugaba un poco por delante, metía más goles y quizá se me veía más”, recuerda. Esa misma vistosidad fue la que hizo que Louis Van Gaal escuchara la multitud de voces que le susurraban al oído que en el filial había un diamante en bruto, una joya. Finalmente, le dio la alternativa en el Camp Nou en el último partido de la temporada 97-98, junto con Jofre, ante el Salamanca. El primer paso estaba dado. Parecía que su carrera sería imparable. Al cabo de un par de meses, estaba en la lista de la pretemporada con el primer equipo. Y la cosa pintaba bien. “Jugamos un amistoso en Alicante contra Boca Júniors. Estaba en el once con los teóricos titulares, los que tenían que jugar al cabo de unos días la Supercopa contra el Valencia. Pero en el entrenamiento de recuperación posterior, me lesioné para un mes y medio”, lamenta. Aquí se truncó su suerte. Al volver, sencillamente, el técnico holandés era incapaz de encontrarle un hueco en el equipo. Pasaron los meses y Mario entendió que lo tenía muy difícil para triunfar en el Camp Nou el día que Van Gaal le citó en su despacho. Lideraba el filial, era el amo del Mini, pero su oportunidad no llegaba. “Le pedí directamente más minutos. Y entonces me contestó: ‘Sí, te los mereces. Pero ¿A quién quito? ¿A Figo, a Rivaldo o a Kluivert?’. Aquellos tres eran los mejores del mundo. Así que lo tenía crudo”, relata. El desánimo, verse a las puertas del cielo pero sin poder pasar del umbral, pudo más que las ganas de triunfar. Y Mario empezó a marchitarse. “Mi gran error fue desmotivarme. Pasar de viajar con los grandes en la Champions a ir al campo del Gandía no era fácil. Llegó un punto en el que prefería no jugar”, confiesa. Y así, con 20 años y una sola aparición con el primer equipo, decidió abandonar la disciplina azulgrana para buscarse la vida por sí mismo. Ya no volvería.
Tenía ofertas de media Liga. Eligió el Alavés, que le ofrecía la posibilidad de disputar la UEFA, con la idea de rubricar un gran año y regresar por la puerta grande. Pero para un chico criado en el patrón de juego del Barça, el cambio fue demasiado brusco. Insalvable. “Cuando sales de allí, te das cuenta de que hay otro fútbol. Que no es suficiente con tener talento. Hay que correr, apretar… no supe adaptarme. La culpa es sólo mía”, explica. Los técnicos lo veían como un elemento discordante, alguien demasiado indolente para implicarse en el sacrificio de grupo. Jugó seis partidos con el conjunto babazorro. Y después de aquello, casi sin darse cuenta, Mario tuvo que elegir entre el destierro a la Segunda División o el exilio a un fútbol más propio de jugadores de vuelta de todo como el americano. “Me llamaron de la Major League Soccer y estuve probando con los Metro Stars, los actuales Red Bull. Y luego, mediante Hristo Stoichkov, también hablé con un equipo de Washington. Pero consideré que era demasiado joven como para irme a jugar allí, que ya tendría tiempo”, explica.
Salamanca, el único cromo repetido de su carrera.
Así, finalmente, Mario decidió refugiarse en la Segunda División. Eligió irse cedido al Salamanca, convencido de sus posibilidades “y contento, porque nunca he sido un niño bonito, nunca me ha gustado creérmelo. Las cosas se dan como se dan”. Volvió a tener cierta regularidad (33 partidos) y parecía que su carrera, finalmente, se estabilizaba, aunque fue un auténtico espejismo. Al volver a Vitoria, no contaban con él y no jugó ni un solo minuto en la siguiente campaña. Después, firmó por el Numancia -aunque ni siquiera llegó a vestirse con la camiseta soriana- y aterrizó en Cádiz, donde, al calor de su tierra, esperaba recuperar su mejor nivel. “El primer año fue bueno [28 partidos, un gol] y estaba muy a gusto. Pero en la segunda temporada allí tuve un roce con el entrenador, Víctor Espárrago”, repasa. Así, acabó la 2004-05 tocando fondo en Girona, en Segunda B, en un proyecto tan ambicioso como disparatado con la presencia, entre otros ilustres, de Iván Pérez -hermanísimo de Alfonso- o el portero Alfred Argensó. La aventura acabó en descenso a Tercera. Y la leyenda del Mario noctámbulo empezó a calar entre los aficionados. “Vaya donde vaya, tengo fama de salir, pero nunca lo he hecho más que el resto de compañeros. En el fútbol hay mucho vendemotos, mucha hipocresía. Hay quien se las da de profesional y esos, precisamente, son los que se acaban yendo sin amigos. Tú puedes engañar a la afición, pero en un vestuario todos te conocen. Los compañeros saben cómo salgo y cuando. Y luego está lo de siempre. Te pasas siete meses sin salir y, cuando pisas un bar la gente dice: ‘claro, ya está otra vez’”, reflexiona.
Doblete de Mario con la camiseta del Castellón.
Tras el mal trago, el Castellón se hizo con sus servicios. Vestido de albinegro dio sus mejores destellos. Fue contra todo pronóstico, porque la primera de las cuatro campañas que pasó en Castalia solo jugó 160 minutos. “Yo no cambié en nada, los que cambiaron fueron los entrenadores. Moré, por ejemplo, cuando llegó en sustitución de Martín Delgado, no me convocó. No jugaba ni en las pachangas. Y, en cambio, la temporada siguiente fui indiscutible para él desde el primer momento”, expone. En los tres años siguientes, 115 partidos y 16 goles -10 en la última campaña- le convirtieron en uno de los jugadores más cotizados de la categoría. El murmullo de Primera volvía a oirse con fuerza y solo una mala decisión le impidió volver. “Me llamó Esteban Vigo, que estaba a punto de renovar con el Xerez, con el que había conseguido el ascenso. Mientras tanto, di mi palabra al Murcia de que si me quedaba en Segunda firmaba con ellos. A Esteban, finalmente, no le ofrecieron la renovación. Y cuando fichó por el Hércules y me quiso llevar allí, tuve que decirle que no porque una promesa es una promesa. Y mira: el Hércules subió y nosotros bajamos a Segunda B. Después de aquello, supe que ya nunca más iba a poder jugar en Primera”, ironiza, con cierta amargura. Y así fue. Al año desastroso en Murcia le siguió otro descenso, de nuevo en Salamanca. Con 31 años, y sin ofertas atractivas en casa, decidió, esta vez sí, hacer las maletas. Pero en vez de los Estados Unidos, puso rumbo a la otra punta del mapa: Azerbaiyán. Firmó por el Khazar Lankaran.
Si algo queda claro en esta foto es que en Azerbaiyán hace frío.
“Era un equipo que jugaba la Europa League y la oferta, económicamente, era buena. Me dijeron que pasaríamos la mayor parte de la semana en la capital, Bakú, y que solo iríamos a Lankara a jugar y poca cosa más”, justifica. Sin embargo, la plantilla vivía prácticamente recluída en el complejo deportivo del club. La existencia en una pequeña ciudad a 60 kilómetros de Irán tampoco era nada fácil, debido al choque cultural. Y, además, el fútbol no era precisamente exquisito. “Las instalaciones eran penosas. Los estadios parecían abandonados, todo era barro y el juego era muy físico”, describe. Para acabar de redondear el panorama, enseguida empezaron a suceder cosas extrañas. “Me dieron una tarjeta de crédito a mi nombre cuando yo ni siquiera había ido a ningún banco a abrir una cuenta ni había firmado nada”, describe. Y el carácter del presidente, un magnate naviero, era de todo menos apacible. Después de perder el derbi local, por ejemplo, ‘secuestró’ a la plantilla: anuló los billetes de avión de los jugadores, les rebajó el sueldo un 50% y les obligó a entrenarse dos veces al día durante una semana. No hubo de pasar mucho más tiempo para que Mario se arrepintiera de haberse embarcado en esa aventura. Así que, cuando le llegó la llamada de Quique Hernández para reforzar al Huesca en el mercado de invierno, se le abrió el cielo. “Tuve que perdonar un montón de dinero que me debían y luchar para que me dieran el tránsfer, pero ha valido la pena”, reconoce.
Desde su llegada al Alcoraz, junto con otros viejos ilustres como el ex Liverpool Antonio Núñez o Jorge Larena, el equipo se ha revitalizado de tal manera que acaricia la salvación a falta de cuatro jornadas para el final de la Liga. 12 años después, Mario Rosas vuelve a vestir de azulgrana. Y le sienta tan bien como el primer día. La Segunda División disfruta de nuevo del talento de quien un día estuvo llamado a ser el líder de la generación más fértil de La Masía: “Tengo claro que si no he jugado más arriba es solo por mi culpa. En Primera hay muchísima gente con menos calidad, pero con muchas más ganas. Y ningún entrenador se tira piedras sobre su mismo tejado”. Son las reflexiones sinceras de un centrocampista de lujo. Del chico que pudo haber reinado en el Camp Nou. Del genio errante.
*Artículo publicado originariamente, en versión reducida, en el número 07 de la revista Panenka



Un golfo… un borracho… una lastima por que calse tiene para parar a un tren. En Murcia nos ilusionamos mucho y descendimo a 2b con Mario Rosas escondido entre discotecas.
Preferiría evitar los insultos. La verdad es que todo el mundo esperaba mucho de Mario en Murcia tras las buenas temporadas en Castellón. Pero no fue él solo el que decepcionó. Si hubiera tenido un poco más de ganas -o de espíritu de sacrificio- hubiera llegado más lejos y él es el primero en reconocerlo. Pero los genios son así.
[...] frente en solitario a un gran acoso mediático antes de cumplir la mayoría de edad. Y se quemó. Mario Rosas, otro pequeño gran futbolista, también pudo comprar su billete al estrellato cuando de niño se [...]
[...] frente en solitario a un gran acoso mediático antes de cumplir la mayoría de edad. Y se quemó. Mario Rosas, otro pequeño gran futbolista, también pudo comprar su billete al estrellato cuando de niño se [...]
[...] frente en solitario a un gran acoso mediático antes de cumplir la mayoría de edad. Y se quemó. Mario Rosas, otro pequeño gran futbolista, también pudo comprar su billete al estrellato cuando de niño se [...]
[...] frente en solitario a un gran acoso mediático antes de cumplir la mayoría de edad. Y se quemó. Mario Rosas, otro pequeño gran futbolista, también pudo comprar su billete al estrellato cuando de niño se [...]
[...] en solitari a una gran pressió mediàtica abans de complir la majoria d’edat. I es va cremar. Mario Rosas, un altre petit gran futbolista, també va comprar el seu bitllet cap a les estrelles quan de nen [...]