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BL

Con los ecos de las celebraciones del Eibar y el Real Jaén todavía recientes, la próxima temporada empieza a tomar forma. Faltan menos de dos semanas para que la mayoría de equipos empiecen a sudar y empieza a ser evidente que la crisis ha llegado de pleno al fútbol español. Exceptuando a Barça y Madrid, que están a años luz, se está produciendo una reacción en cadena que acaba afectando a los equipos de Segunda. Los clubs de Primera, acorralados por las deudas, se ven incapaces de competir en el mercado internacional y ven cómo sus mejores jugadores emigran. La Premier es el destino más lógico, pero el abanico es cada vez más amplio. Y entonces no queda más remedio que mirar hacia abajo para nutrirse de jugadores con un ratio calidad-precio más asumible. El ejemplo más claro es el Espanyol, que ha reclutado a Abraham, Lanza y Fuentes para reforzar una plantilla que ha perdido masa salarial. Y esa, en definitiva, es la receta que seguirán los equipos de la clase media si quieren sobrevivir. La paradoja es que algunos equipos de Primera ni siquiera pueden competir con ofertas extranjeras a la hora de captar el talento de la categoría de plata. La marcha de Fede Vico al Anderlecht belga ilustra a la perfección la pérdida de atractivo de los clubs de primera línea. La Liga de las Estrellas pierde brillo.

No tenía sentido, en un país con una economía en caída libre, seguir manteniendo una estructura de clubs engordados a base de clembuterol: la vista gorda de Hacienda y las instituciones públicas y un dinero de las televisiones que llega, al fin y al cabo, de exprimir a un espectador/abonado que bastante tiene con que le cuadren las cuentas a final de mes. Por eso, los  que quieran sobrevivir deberán ajustarse a la realidad de la calle. Lo siento por los futbolistas, que al fin y al cabo son los protagonistas de la película, pero se perfila un regreso a los ochenta, en el que sólo los grandes jugadores de los principales equipos eran millonarios de verdad, gente con la vida resuelta del todo. El resto eran currantes del balón que debían aprender a administrar sus ganancias con cuidado para poder trazar un plan de vida a largo plazo, fuera de las canchas.

El efecto dominó -o los vasos comunicantes, como se prefiera- llega a Segunda con una lógica muy clara. Si Desde arriba se despoja a los equipos de sus principales figuras, no queda más remedio que apostar por jugadores de un perfil más modesto, de Segunda B, o con algún tipo de arraigo a la zona que permita abaratar su ficha. Sólo los equipos con una aconomía más potente o con un proyecto más sólido van a poder comprar experiencia en la categoría.

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ACÑ!!

Aquella mañana, todavía calurosa, los más rezagados en llegar al vestuario del Girona se llevaron una buena sorpresa. En el centro de la sala, con una gran sonrisa, los recibía  Carlos Javier Acuña (Asunción, Paraguay, 25-06-1988). Estaba bailando, amenizando los minutos previos a la sesión de entrenamiento. La escena podría ser normal en muchos equipos, sean de la categoría que sean. Siempre hay alguien desinhibido, dispuesto a levantar el ánimo del grupo. Sin embargo, lo que la convierte en especial es el estado de su protagonista. Acuña danzaba haciendo equilibrios con sus muletas. Con 23 años, acababa de iniciar la recuperación de su tercera lesión de rodilla, la que se hizo justo el segundo día de pretemporada con sus nuevos compañeros. Su carrera, una vez más, estaba en entredicho. Tras el postoperatorio, todo el mundo en el club esperaba encontrarlo abatido, o cuanto menos taciturno. Pero la vida de este delantero ha sido demasiado intensa como para rendirse ante las adversidades, por duras que sean. “Si mi familia está bien y no nos falta para comer, ya soy feliz, no pido nada más”, asegura, con la serenidad de un veterano. Y es que, pese a su edad, a Acuña ya se le puede incluir en esta categoría. Hace ya casi una década que debutó en Primera en su país y ha sobrevivido a un entorno difícil, un veto de la FIFA, tres lesiones graves de rodilla y una fama de niño prodigio venido a menos que ponían en cuestión cuál era su auténtico potencial. Hoy, a base de goles y coraje, destaca en un Girona que va camino de dar la gran campanada. Y el delantero lo celebra igual que en los malos tiempos, bailando, sonriendo y pensando que lo mejor está por llegar. Recorriendo su espalda, de arriba a abajo, un tatuaje resume su planteamiento vital: “Creado por Dios, nacido para triunfar”.

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Todos los amantes del fútbol hemos tenido, en algún momento de nuestras vidas, más pronto que tarde, el mismo momento. Ese en el que, viendo un partido cualquiera, en casa o en el estadio, te quedas prendado de un futbolista. Te hipnotiza. Te enamora. Descubres al que será tu ídolo. Decides que quieres ser como él. O que, al menos, te gustaría ser como él. A Daniel Mallo Castro (Cambre, A Coruña, 25-01-1979), esa experiencia le cambió la vida para siempre. Porque el flechazo deportivo le convirtió en portero, esa rara avis que se dedica a evitar el propósito básico del fútbol: el gol. “Me encantaba Arconada. No sé por qué, porque ni siquiera era de la Real Sociedad, pero era mi jugador favorito. Un día, cuando tenía siete años, mi abuela me regaló su mítico jersey verde. Y entonces le planté un ’1′ con esparadrapo y me convertí en el niño más feliz del mundo”, evoca.

Así, con un regalo, comenzó la historia de un portero que ha necesitado grandes dosis de paciencia para superar todo tipo de adversidades. Y que, si no hubiera sido por la pasión que siente por su oficio, seguramente ya hubiera tirado la toalla hace tiempo. Ninguneado por el equipo de su vida, el Deportivo, exiliado en Portugal primero y en Escocia después, la madurez le ha llegado asentado plenamente en el Girona, donde por primera vez en cuatro temporadas parte como titular tras ser siempre la segunda opción. El brazalete de capitán que luce cada semana es un símbolo del respeto que compañeros y aficionados  profesan a este hombre que, como su ídolo, es un hombre tranquilo y discreto. Y que disfruta a los 33 años de todo lo que el fútbol le negó de joven, pese a que su trayectoria apuntaba a lo más alto.

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Verlo era un espectáculo. Jugar contra él, una tortura. Los chavales que visitábamos el anexo de césped artificial del Miniestadi acabábamos hartos de aquel media punta canijo que, en la misma jugada, era capaz de romper a tres contrarios con un recorte, hacer un túnel y encontrar el pase preciso que rompiera la defensa. “Ojito con Mario. Es el bueno. Si la coge y piensa, estamos muertos”, decían los entrenadores en las charlas previas. Y es que Mario Alberto Rosas (Málaga, 22-05-1980) estaba considerado el mejor jugador de un grupo de chicos que estaban llamados a acabar en Primera.  El ejemplo más claro es su gran amigo Xavi Hernández, que, como el buen vino, no ha dejado de mejorar para acabar convirtiéndose en el cerebro del mejor equipo del planeta. Pero había muchos más: Gerard López, Antonio Hidalgo, Jofre Mateu, Gabri… entre todos ellos, el andaluz sobresalía, brillaba con luz propia. Sin embargo, mientras todos despegaban, la estrella de Mario se trasladó al firmamento menor de la Segunda División. En su currículum, de hecho, solo constan siete partidos en la máxima categoría. Y ahora, tras un periplo de seis meses en Azerbaiyán, ha vuelto para ayudar al Huesca en su camino a la salvación. ¿Qué sucedió para que no cumpliera las altas expectativas? Sencillamente, que no encontró su sitio. Demasiado creativo para algunos, demasiado poco sacrificado para otros, Mario no terminó de encajar en la rigidez de los esquemas tácticos. Diluído entre la apatía y la incomprensión, acabó regalando su talento a una Liga donde el mono de trabajo luce más que el esmoquin.

“Es una alegría que te recuerden como el mejor de todos aquellos jugadores. Bueno, y también una cierta decepción, no hay que esconderlo”; explica. “Jofre era una auténtica pasada, rapidísimo, listo. Y Xavi, sencillamente, ya era perfecto por aquel entonces. Lo que pasa es que como yo jugaba un poco por delante, metía más goles y quizá se me veía más”, recuerda. Esa misma vistosidad fue la que hizo que Louis Van Gaal escuchara la multitud de voces que le susurraban al oído que en el filial había un diamante en bruto, una joya. Finalmente, le dio la alternativa en el Camp Nou en el último partido de la temporada 97-98, junto con Jofre, ante el Salamanca. El primer paso estaba dado. Parecía que su carrera sería imparable. Al cabo de un par de meses, estaba en la lista de la pretemporada con el primer equipo. Y la cosa pintaba bien. “Jugamos un amistoso en Alicante contra Boca Júniors. Estaba en el once con los teóricos titulares, los que tenían que jugar al cabo de unos días la Supercopa contra el Valencia. Pero en el entrenamiento de recuperación posterior, me lesioné para un mes y medio”, lamenta. Aquí se truncó su suerte. Al volver, sencillamente, el técnico holandés era incapaz de encontrarle un hueco en el equipo. Pasaron los meses y Mario entendió que lo tenía muy difícil para triunfar en el Camp Nou el día que Van Gaal le citó en su despacho. Lideraba el filial, era el amo del Mini, pero su oportunidad no llegaba. “Le pedí directamente más minutos. Y entonces me contestó: ‘Sí, te los mereces. Pero ¿A quién quito? ¿A Figo, a Rivaldo o a Kluivert?’. Aquellos tres eran los mejores del mundo. Así que lo tenía crudo”, relata. El desánimo, verse a las puertas del cielo pero sin poder pasar del umbral, pudo más que las ganas de triunfar. Y Mario empezó a marchitarse. “Mi gran error fue desmotivarme. Pasar de viajar con los grandes en la Champions a ir al campo del Gandía no era fácil. Llegó un punto en el que prefería no jugar”, confiesa. Y así, con 20 años y una sola aparición con el primer equipo, decidió abandonar la disciplina azulgrana para buscarse la vida por sí mismo. Ya no volvería.

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La escena, en el vestusto Olímpic Lluís Companys, olía a drama. Años antes de que la crisis golpeara con fuerza a millones de hogares, se estaba a punto de fraguar una situación que, desgraciadamente, a muchos les sonará e, incluso, les habrá tocado de cerca. La historia de alguien que se compra una casa nueva, hipotecándose hasta las cejas, y que contempla como está a punto de perder buena parte de sus ingresos. El vértigo. La perspectiva de una deuda impagable. La ruina. Sin embargo, allí estaba él, Ferran Corominas (Banyoles, Girona, 05-01-1983), un chico apenas imberbe, con cara de pillo, para cambiarlo todo en el último suspiro con dos toques mágicos. Para garantizar la supervivencia económica del club de su vida, el Espanyol. Para convertirse, por siempre jamás, en el hombre de los goles salvadores.

Nadie sabe a ciencia cierta qué hubiera sido del Espanyol sin aquel gol, pero lo que es innegable es que elevó a Coro a la categoría de mito con apenas 23 años. Más de un lustro después, los aficionados aún hablan de aquel gol como el que hizo posible la mudanza a Cornellà-El Prat. Y buena prueba de ello es que Corominas es el único jugador de Segunda que cuenta con una biografía. Coro es la vidaescrita por el periodista Marc Raymundo, fue una de las sorpresas agradables del pasado Sant Jordi, la fiesta del libro y la rosa en Catalunya. Es el retrato de un delantero que, a los 29 años, lucha de nuevo por una salvación; en este caso, la del Girona, el club en el que se refugió cuando, de pronto, pasó a ser un extraño en su propia casa. Mediático, pero trabajador, Coro no es un jugador cualquiera. Es un debutante ilustre en una categoría que, sin embargo, no entiende de pasado. “Cuando me llamó Marc para proponerme escribir el libro, hace casi un año y medio, no me lo creía. ‘¡Pero si me queda mucho fútbol, no me quieras retirar todavía, hombre!’, le dije. Pero mira, me convenció y al final ha salido un libro del que estoy muy orgulloso”, reconoce. En él, se relata una historia que siempre, casi desde la primera pelota que tocó  con la camiseta del primer equipo blanquiazul, estuvo ligada a los goles decisivos.

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Un equipo acabado de subir a Segunda, el histórico Centre d’Esports Sabadell, sorprende en el inicio de Liga. Sus resultados -tres partidos, tres victorias- y su juego de toque, una apuesta valiente en una categoría tan dura, le han hecho ganarse el respeto de todos en apenas un mes de competición. En este bloque compacto, que apuesta por mover el balón rápido y bien, un centrocampista disfruta como nadie a los mandos del timón del conjunto de Lluís Carreras. Su nombre es Héctor Simón (Llançà, Girona, 13-03-1984) y la suya es una historia de superación personal que parece no tener fin. Después de recuperarse de un gravísimo accidente que estuvo a punto de dejarlo en una silla de ruedas, ha conseguido sobreponerse a un cúmulo de obstáculos para regresar al fútbol profesional. Unas trabas que a cualquier otra persona le hubieran hecho arrojar la toalla mucho antes de poder triunfar en el césped de la Nova Creu Alta.

Mucha gente conoce bien la primera parte de la historia de Simón, gracias al espléndido reportaje que elaboró el programa Informe Robinson. Corría el año 2005, y el entonces jovencísimo centrocampista jugaba cedido en el Racing de Ferrol cedido por el Espanyol. El club blanquiazul, con el que había debutado en Primera de la mano de Javier Clemente, lo mandó a Galicia para que se curtiera antes de integrarse definitivamente en la primera plantilla. Las cosas le iban de maravilla y era titular en un equipo modesto, que luchaba por eludir el descenso.  Quizá por eso, un fatídico 20 de diciembre, tras una importante victoria en Tenerife, los jugadores del conjunto gallego decidieron celebrarlo con un baño en la piscina del hotel. Héctor Simón se lanzó de cabeza  a la parte menos profunda de la piscina y se fracturó la primera vértebra, una lesión que podría haberlo dejado postrado en una silla de ruedas para siempre. Era el inicio de una lucha de dos años por recuperarse plenamente y volver a jugar a fútbol, algo que poca gente -doctores incluídos- dudaban que consiguiera.

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El portero miraba cómo la pelota rodaba por encima de la línea…”. Esta es la frase introductoria de la perturbadora novelita de Peter Handke titulada El miedo del portero al penalti. Y con esta misma frase  podría comenzar la historia del portero del Real Murcia. Alberto Cifuentes (Albacete, 29-05-1979) es el protagonista de una de las situaciones más desgraciadas de los últimos años de la Segunda División. Una historia de infortunio y redención que se empezó a escribir sobre la hierba del estadio de Montilivi.

Corrían los últimos minutos del Girona-Murcia de la jornada 42 de la temporada 2009-2010. Ambos equipos, junto con otro buen puñado de clubs, se estaban jugando el descenso a Segunda B. El Murcia necesitaba ganar para mantenerse. Al Girona, en cambio, le bastaba con un empate para seguir otro curso más en el fútbol profesional. Los murcianos dominaban gracias a un gol de Capdevila en la primera mitad, pero en el  minuto 92 el árbitro, Texeira Vitienes, señaló un penalti a favor de los locales. La secuencia encierra tintes trágicos, surrealistas o cómicos, depende de la perspectiva con la que se mire.

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Existe un tópico, bastante arraigado en la mente de los espectadores, que afirma que en la Segunda División no hay jugadores de calidad. Que se trata de una Liga donde todo es el cuchillo en la boca, la patada a seguir, el jugador tosco pero disciplinado, la grisura. Pero futbolistas como Alejandro Castro ‘Jandro‘ (Mieres, Asturias, 27 de mayo de 1979) se empeñan  en romperlo domingo a domingo. Después de una carrera azarosa, en la que pasó de promesa a proscrito, el mediapunta disfruta y hace disfrutar en Girona de una madurez futbolística capaz de satisfacer al aficionado más exigente.

Jandro fue un talento precoz. A los 18 años, siendo juvenil, ya había debutado con el filial del Valencia y se entrenaba con el primer equipo, en una época en la que no había tanta prisa por promocionar jóvenes talentos como ahora. Era la gran esperanza de la cantera ché, internacional en categorías inferiores, una futura estrella. Incluso videojuegos como PCFútbol le otorgaban, en Segunda B, más puntuación media que a muchos jugadores de Primera. Sin embargo, nunca llegó a triunfar en Mestalla. “Me tocó la época buena del Valencia, cuando había mucho dinero, y en mi posición siempre jugaban los fichajes caros”, explica sin acritud, con la perspectiva que le han dado los años. Jugadores como Claudio López, Vlaovic, Gerard, Ilie, Mista o Aimar -todos ellos de calidad y rendimiento indiscutibles- le cerraron el paso, mientras su progresión se estancaba y pese a inflarse a goles en un filial que se le quedaba pequeño.

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