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El mundo del fútbol es tremendamente adictivo. No hay nada como la tensión, el dolor, la gloria o el sufrimiento que pueden llegar a proporcionar 90 minutos. El saber que, pase lo que pase, siempre habrá un siguiente partido con el que intentar cambiar -o mantener- la racha. La liturgia de pasar página y empezar a pensar, recién duchado, en el duelo que está por llegar. Ese cosquilleo competitivo que no acaba nunca.

Bueno, en realidad sí que acaba. Por eso es tan difícil dejarlo. El jugador de fútbol, acostumbrado a vivir durante casi veinte años bajo los mismos parámetros, siente pánico, vértigo, a perder la rutina que ha regido su existencia. Así, muchos emprenden lo que se podría definir como el camino del homo futbolisticus: traspasan la línea de banda, se embuten en un chándal -o en un traje, eso va a gustos- y emprenden una carrera como entrenadores. Todo con tal de no perder el contacto con el único mundo profesional que han conocido. Tras esa etapa existe, finalmente, una tercera evolución: el salto a los despachos. El puesto de secretario técnico, director deportivo, director general o, incluso, presidente, se convierte en un confortable refugio cuando el cuerpo y la mente se cansan de una vida que engancha, sí, pero que también quema. Franz Beckenbauer sería el paradigma de esta mutación, del viaje del césped a la poltrona.

Hay también ejemplos de jugadores que se saltaron el paso intermedio. Como Antoni Pinilla, que tardó dos días en pasar de ser el capitán del Nàstic a convertirse en su director general. O Fernando Sanz, que un buen día dejó de ser un miembro más del vestuario del Málaga para ser su presidente. Pero la trayectoria realmente excepcional es la de un hombre que alteró el orden natural y dio un paso atrás. Que dejó la tranquilidad del despacho, tras haber ejercido cargos de responsabilidad en el Liverpool y el Espanyol, para exponerse al fuego contínuo de los banquillos. Y que dirige a su noveno -sí, han leído bien, noveno- club de Segunda. Ese hombre es Paco Herrera (Barcelona, 02-12-1953), un técnico que, tras años y años de perseguirlo, acaricia el sueño del ascenso con el Celta en su segunda campaña en Vigo.

“Yo soy más de campo. En el despacho, el trabajo importante se hace en agosto y luego tienes las manos atadas. En cambio, como entrenador, aunque vayan mal las cosas, siempre tienes un domingo más para intentar arreglarlas. Necesito el contacto directo con los jugadores: pelearme con ellos, abrazarlos, ver cómo progresan… es realmente lo que me llena”, explica, por teléfono, después de haber interrumpido la conversación para hacerse una foto con unos aficionados. En su caso, su apariencia de koala afable no engaña. Pocas veces tiene un mal gesto o una respuesta desagradable.

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Eran sólo unos metros, pero el trayecto se le hizo eterno. No podía comprender cómo se le había escapado la Liga a su equipo. La máxima crueldad, aquel penalti en tiempo de descuento, se aparecía una y otra vez en su mente. Caminaba casi a ciegas por culpa de las lágrimas que le brotaban de los ojos, pese a los esfuerzos por evitarlo. Lo que tenía que haber sido una fiesta por todo lo alto era un funeral. Toda la ciudad trataba de digerir el disgusto y el chaval no iba a ser una excepción. Caminando desde casa de un amigo, con el que había visto el partido, hacia la suya, Álex Bergantiños (La Coruña, 07-06-1985), bufanda del Deportivo en mano, maldecía lo que acababa de presenciar. Aquella noche de mayo de 1994, la que quedó marcada para siempre como la del penalti de Djukic, el joven Álex entendió de la manera más cruel lo que puede llegar a doler ser hincha de un equipo de fútbol.

Casi 20 años más tarde, y después de haber vivido un buen puñado de buenos momentos desde la grada (la tan ansiada Liga, la del 2000, el Centenariazo de 2002), Álex Bergantiños seguía sufriendo por el Deportivo. Doblemente. Se había convertido en futbolista profesional e incluso pertenecía al club de su vida, pero no había podido disputar ni un solo minuto en competición oficial con la camiseta blanquiazul. Y, desde un autocar parado en medio de la nada, en un área de servicio remota, presenciaba como el Dépor, su Dépor, se precipitaba al vacío. Bajaba a Segunda. De nuevo, con el Valencia como rival. Sin embargo, aquel golpe tuvo su recompensa. Después de un rosario de cesiones, de años enteros esperando una oportunidad, aquella tragedia le abría por fin la puerta de Riazor. Y Álex no estaba dispuesto a desparovecharla. Como aficionado, recibió un mazazo. Como jugador, el espaldarazo definitivo para triunfar en casa.

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Había estado en muchas ruedas de prensa, no era ningún niño. Pero cuando Jaime Jiménez (Valdepeñas, Ciudad Real, 10-12-1980) escuchó la primer pregunta, se le congeló la sonrisa. Lo que se suponía un trámite amable, su presentación como jugador del Real Valladolid, se convirtió en una auténtica prueba de fuego para el portero. Las heridas de la primera ronda del playoff de ascenso a Primera entre el Elche y el Valladolid, apenas un mes antes, todavía estaban muy abiertas. En el partido de vuelta, tras la remontada ilicitana (los castellanos habían ganado 1-0 en la ida y dominaban por 0-1 un encuentro que finalmente acabarían perdiendo 3-1), la afición pucelana se enervó con las lesiones de los jugadores de Pepe Bordalás en los minutos finales. Acciari, Xumetra y el propio Jaime cayeron al suelo, víctimas de supuestas rampas musculares, en medio de las protestas de los jugadores blanquivioletas, que interpretaban una flagrante pérdida de tiempo. La eliminación -y las tretas- habían quedado grabadas a fuego en mucha gente, que ni olvidaba ni perdonaba. Por eso, cuando se abrió el turno de preguntas en la sala, lo primero que se escuchó fue:

-Jaime, ¿Cómo estás de tu tirón? ¿Recuperado ya de tus problemas musculares?

El portero salió del entuerto como pudo. Pero todavía le quedaban dos dardos más:

-¿Ordenó Pepe Bordalás a sus jugadores que se tiraran al suelo para perder tiempo?

-¿Crees que en el mundo del fútbol todo vale?

Ni rastro de las típicas preguntas amables, las buenas intenciones que acostumbran a adornar este tipo de actos. Djukic, el nuevo entrenador vallisoletano, no entendía nada. Como tampoco lo hacía Dani Aquino, el otro fichaje que se ponía de largo ese caluroso día de julio. Pero si de algo va sobrado Jaime es de reflejos. Miró a los ojos a sus interlocutores, despejó de puños la hostilidad, se estiró para forzar las buenas palabras y puso la primera piedra para meterse a su nueva afición en el bolsillo lo más pronto posible. ”Me quedé helado. No me lo esperaba. Había un fuerte sentimiento de resquemor hacia el Elche por lo que había pasado en el playoff. No pensaba que fuera a perdurar tanto. Sin embargo, no me preocupó en absoluto. Había llegado dispuesto a darlo todo por mi nuevo equipo”, relata, al recordar el episodio. Y si Jaime se propone algo, denlo por hecho: tarde o temprano lo consigue.

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