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Su estilo es elegante, tiene algo de aristocrático. Conduce el balón con pequeños saltitos, como si flotara. O como si el césped, en realidad, fueran brasas ardiendo. El caso es que Manu Lanzarote (Barcelona, 20-01-1984) se deshace de sus rivales con aparente facilidad, desbordando desde el extremo sin ser excesivamente rápido, potente o corpulento. Simplemente es hábil. Y listo. En Sabadell se relamieron tras verlo en acción en las primeras jornadas de su temporada de regreso a Segunda: acababan de encontrar una joya en aquella pierna izquierda de precisión milimétrica, oro puro en un jugador que escapó del agujero de la Segunda B del que parecía que no iba a salir nunca, tras tres playoffs consecutivos sin conseguir el premio del ascenso.

Pero, ciertamente, la proeza no era nada nuevo. Mucho antes, Lanza había conseguido escapar de otro pozo, mucho más profundo y peligroso.

Por muy lejos que vivan de Barcelona, seguro que han oído hablar alguna vez del barrio de La Mina. Incluso puede que lo hayan visto. Los más jóvenes, a través de algun reportaje tan de moda en televisión en estos últimos tiempos, en que los reporteros, cámara en mano, recorren lugares marginales a la caza de la exposición de la miseria. Otros, más veteranos, lo podrán recordar como escenario de las correrías de El Torete y sus compinches en la ola de cine quinqui que sacudió España a finales de los setenta y principios de los ochenta. Perros callejeros. Delincuencia y droga. En ambos casos, en dosis generosas. Dentro y fuera de las pantallas.

“Vivíamos justo en el centro del barrio. Al lado del campo de fútbol y del ambulatorio. En casa éramos ocho personas embutidas en un pisito de 60 metros cuadrados, con tres habitaciones y un lavabo”, explica, con la mirada serena, el verbo tranquilo y unas maneras tremendamente educadas, mientras habla de una infacia en un entorno tan difícil. “Me pasaba el día jugando en la calle y vi absolutamente de todo. Lo más normal era ver coches pasando a 200 por hora. También había mucho toxicómano que venía a comprar al barrio. Gente que entraba al ambulatorio sangrando por culpa de un balazo o un navajazo. Y un par de veces me encontré con un montón de policía rodeando el edificio, apuntando con sus armas mientras otros agentes realizaban una redada”, recuerda. Su secreto para sobrevivir inmune a todo aquello tenía forma esférica. “Me evadía gracias a la pelota. Aquello me salvó”, remata.

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“Soy el mejor tirador de cañas de España”, presume, dicharachero, después de un buen rato de conversación en el que se ha ido rompiendo el hielo poco a poco. Y su afirmación parece creíble. Se ha pasado horas y horas detrás de la barra, sirviendo, entreteniendo al personal con su charla alegre, sacando adelante un negocio tan esclavo como el de una cervecería. Un sacrificio enorme que no se diferenciaría mucho del de otros miles propietarios, a no ser de un pequeño gran detalle: el barman no es un tipo cualquiera. Es Fernando Maestro (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 15-04-1974), el jugador más veterano de Segunda. Un tipo con más de 500 partidos a sus espaldas. Un portero que ha vivido en primera persona los cambios que ha experimentado el fútbol más modesto, menos agradecido, en las dos últimas décadas. Que se calzó unos guantes por primera vez el mismo año en que España goleó a Malta con aquel mítico 12-1, o que se produjo la expropiación de Rumasa. Que, además de empresario, es historia viva en el Alcoyano. Y que tiene cuerda para rato.

“Empecé a jugar en el Sant Cugat, con nueve años, y ya me metí de portero. Y se me dio bien, porque enseguida vino a buscarme el Espanyol”, rememora. En la cantera blanquiazul destacó de tal manera que llegó incluso a vestir la camiseta de la selección española en categorías inferiores, coincidiendo con jugadores de la talla de Julen Guerrero, Ángel Morales, Javier De Pedro o Xavi Roca, todos ellos retirados hace tiempo. Sin embargo, su destino acabaría apuntando a la Segunda B, con dos grandes destellos en plata: con el Terrassa, hace una década, y, ahora, en El Collao. Maestro es el último superviviente de una época de campos de poco césped y mucha tierra. De equipaciones de gusto dudoso y de un fútbol tan duro como un balón Mikasa. “Tenías que vivir el día a día, sin más. No te hacían contratos largos. El secreto era el sacrificio, intentar evitar al máximo las lesiones y morderte mucho la lengua”, confiesa. Una fórmula que le ha ido de maravilla.

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Kevin Spacey, caracterizado como el enclenque Verbal Kint, inicia su relato en la comisaría, sentado frente a un incrédulo Chazz Palminteri. Hablan de un criminal feroz, temible, pero, sin embargo, invisible. Un mito: Keyser Soze. Entonces, Spacey levanta la mirada y pronuncia una de las frases más célebres de la historia reciente del cine: “El mejor truco que el Diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”. Estamos hablando, obviamente, de Sospechosos Habituales, la película con la que Bryan Singer golpeó a todos en 1995. Aquel tullido y tímido Spacey nos guía por un relato apasionante, en el que el final nos depara un giro sorprendente, en el que esa misma frase toma un cariz clave en toda la trama. Al espectador que la descubre por primera vez se le queda la misma cara de bobo que al bueno del agente de aduanas. Adiós, taza de café… Todo encaja tarde, demasiado tarde.

Con David Miguélez (Gijón, Asturias, 05-05-1981) ocurre algo parecido. Le llaman ‘El Mago’, pero nada a simple vista parece delatarle: si no fuera por el uniforme de futbolista que  se enfunda cada fin de semana, podría pasar por panadero, conductor de autobús o el encargado del supermercado del barrio. Un tipo de lo más normal. Incluso vestido de jugador destaca por su sobriedad. Nada de botas de colores extremadamente rampantes; nada de tatuajes; nada de peinados extravagantes. Ni siquiera un físico potente o un dorsal ‘estrella’ -luce el 18- alerta sobre el peligro que es capaz de provocar. Pero cuando toca el balón, todo cambia. Y ahora la afición del Alcorcón ya lo sabe. La Segunda División tiene esta temporada un debutante de excepción. Un hombre que, a los 30 años, ve cumplido el sueño que tantas veces pareció escaparse en el último momento.

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